ERUCA SATIVA.
Mayo, 2. Liverpool.-

ERUCA SATIVA.

Mayo, 2. Liverpool.-

Felicidades // Cuentos Borgeanos

Comenzar otra vez de lo absurdo a lo incierto;
y mil voces te piden volver.
Hay tantas cosas que nos quedan por hacer.
Para ser feliz sólo debes entender
que eres parte del dolor.
Todo el tiempo que perdí maldiciendo las horas…
Cada cosa quiere ser en su ser.
Y hay tantas cosas que nos quedan por hacer.
Para ser feliz sólo debes entender
que eres parte del dolor.
Y cuando despertamos tristes,
sólo debes entender
que el remedio es el amor.
(cuánto hay de cambio y cuánto de amor).-

Zero Kill.
Abril, 4. Casa Rock.-

Zero Kill.

Abril, 4. Casa Rock.-

Rayuela, capítulo 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.-

Negro García López.
Marzo, 28. Casa Rock.-

Negro García López.

Marzo, 28. Casa Rock.-

Naciente, paciente.

Ana // Ismael Serrano

Ana, es tan corta la vida

y son tantas despedidas

llenas de promesas vanas.

Ana, ¿qué será de nosotros

cuando caigamos y otros

ocupen nuestro lugar?

Ana, ¿dónde será la batalla

próxima en que perdamos

la guerra contra la soledad?

Ana, volverás a escuchar

las piedras que contra tu ventana

lanzó la felicidad.

(Lanzó la felicidad)

Ana, es tan corta la vida

quizás me vulva mentira

y no te conozca mañana.

Ana, cuando te esconda un abrazo

recuerda entonces el año

en que forjamos la paz.

Ana, quizás me marche y no vuelva,

quizás me muera y no tengas

que maldecirme jamás.

Ana, te veo y me declaro culpable

de desear tu presencia

más que desear la paz.

Ana, ¿qué hago yo con mis canciones,

con el manojo de escarcha,

con mis ganas de matar?

Ana, ¿qué hago yo con las montañas

de papeles que he firmado

jurando morir o amar?

(Jurando morir o amar).-

Canción de amor y oficina // Ismael Serrano

Te vi desaparecer bajo la tormenta

camino de tu trabajo, muy de mañana.

¿Quién fuera lluvia en tu abrigo

dejando a tu paso coronas de agua?

Bostezas soñando soles, playas desiertas.

Te asalta un telefonazo,

¿Quién fuera brisa del aire acondicionado

que eriza tu vello en la oficina?

Vuelves a casa y alteras mis planes

y los andamios de La Latina.

Sé que afuera un incendio de plumas y brea

tiñe de cenizas los techos del mundo.

Dejad un instante que olvide mis deudas.

Si el planeta estalla, que nos pille juntos.

En las zanjas de Madrid buscan un tesoro

que esconde un dragón dormido bajo tus pies.

¡Qué torpes e ingenuos son!

Yo tengo el tesoro, duermo con él.

Esta noche te he de dar los besos pendientes,

así que pide el día en el trabajo.

Descuelga el teléfono, cierra las persianas

a cal y canto.

Abro una botella y llamo al “chino”

y lo celebramos por todo lo alto.

La vida a veces te invita una ronda,

te guiña los ojos, concede una trgua.

Quizá sólo dure un segundo este sueño,

pero, sin duda, habrá merecido la pena.-

Acerca de tu escritorio y mi pulóver

No sé de dónde venía. Me choqué con un cartel. Belgrano. Enfilé hasta Catamarca y doblé. Busqué la esquina y de 25 de Mayo no pasé. La expansión surgida en mi interior que intentaba frenar quitaba todo esmero a mi comportamiento habitual que, sin leer las etiquetas azules suspendidas en los vértices de las manzanas, se orienta con facilidad. Necesitaba quietud.

Saqué con movimientos automáticos de la cartera negra con flecos la billetera floreada. Emergieron todo tipo de cosas, papeles sueltos garabateados por mí o impresos del banco, tarjetas de lugares a los que asistí o asistiré, algún secante con muestra de perfume, envoltorios de chicles Wrigley’s Doublemint (son los únicos que me gustan y los como sólo cuando voy a recitales), el carnet de la biblioteca, el documento, las tarjetas de débito y crédito (mi mamá repite incansable e inútilmente que no las lleve siempre porque no las uso y me las pueden robar) y bollos de billetes en diversas divisiones (nunca sé cuánto tengo). Batallé con lo último y pensé en comprarme un monedero exclusivamente para guardar los pequeños dobleces que tanto poder aparentan tener. Pagué lo que debía por falta de visita y me dirigí a la cafetería.

Mesa con vista a la calle. Me senté de espalda a la sala de novelas y, siguiendo, de espalda al edificio donde fui feliz cuando tenía tres años. Controlando mi impulso, como siempre, deposité prolijamente sobre la blancura algo grisácea una agenda que tiene un par de años y uso para anotar vaguedades, un libro de Alejandra del que le hablé y una lapicera azul de trazo fino. No pensaba leer ni escribir, simplemente eran indirectas a conocidos de tener que cruzarlos en ese tiempo y espacio. Total nunca me iban a acompañar casualmente las personas que esperaba.

Pedí un café y dudé un tostado. No iba a comer, quería estirar los minutos. Tenía de sobra, podría tardar todo lo que quisiera y hasta repetir. Un irlandés me vendría bien…

Diez minutos, mi café. ¿Azúcar? No, gracias. ¿Resaca, te estás cuidando, te querés hacer la misteriosa…? Mirada fija y carente de expresión (o asesina, depende qué personaje lo cuente) No, me gusta amargo y en paz. Dramaticé, más que nada para ver cuánto aguantaba la risa. Funcionó, el camarero que mina ve, mina se chamuya onda “la visión de la mujer” de Capusotto, me entendió y se fue.

Estaba nublado, no iba a llover, la claridad era amortiguada por el verde de los árboles que pronto se disiparía por la inminente llegada del otoño. Pero, claro, no soy la Madre Naturaleza ni tengo una bola de cristal que me deja espiar el futuro y unas pintitas transparentes disturbaron la visual y se acomodaron en el vidrio.

Pensé en textearte, invitarte a tomar algo, hablar o salir a buscar. Me deshice rápido de la idea, ibas a volver muy tarde del descanso a tu escritorio de trabajo no tan desordenado donde te vuela la imaginación. Esa que a tus jefes no les incumbe, que les molestaría saber pero jamás se van a enterar.

Creás, creés, sos.

Aunque nunca vas a saber de qué color era el pulóver que envolvía mis temores aquella mañana. Los mismos que me inquietarían en un encuentro. Están tan incorporados en mis huesos, mis venas, mis pensamientos que no sería capaz de mirar a la misma altura (porque no lo estoy) al amigo de la noche, al del aliento a distintos alcoholes, al que vive, al que olvida la timidez cuando escribe, al valiente que enfrenta sus miedos más crueles… No. Miraría desde abajo, con admiración, deseando que me contagie un poco de su fuerza.

Puede la lluvia querer ser lo que no es, convertirse en un pequeño mar e inundar.

Pueden helarse las palabras que discurren, obstruírse en gargantas, manos, ojos, mentes…

Puede lo cíclico de este encanto consumirse como un cigarrillo en cenicero de espera.

Puede complicarse la lectura.

Podemos colapsar.

Pero hay algo ígneo que compartimos y eso no nos va a abandonar.-